IX Concurso «Europa rural»: relato ganador

por | May 9, 2026 | 0 Comentarios

Un 9 de mayo más, para celebrar el Día de Europa, anunciamos el resultado de nuestro tradicional concurso «Europa rural». Este año lo hacemos con cierto sentimiento agridulce: han sido varios los textos descalificados, a pesar de su calidad, por no cumplir con algún requisito de las bases, bien porque superaban el límite de palabras, bien porque no mencionaban / se inspiraban en Europa y alguno de los 17 municipios englobados en el ámbito territorial del GAL Asón-Agüera-Trasmiera. Esto ha tenido como consecuencia, entre otras, que la categoría para menores de 18 años haya quedado desierta.

Así todo, queremos agradecer de corazón el interés y las ganas mostradas por todas y cada una de las personas participantes, hayan sido válidos sus textos o no.

Y, ahora sí, damos la enhorabuena a Guillermo Fernández Ruiz, de Cabezón de la Sal, que ha ganado con su relato La escalada.

La escalada

A Jorge siempre le dijeron que se marchara.
«En Europa, están las verdaderas oportunidades, quedarte en Asón te cerrará puertas, nadie es profeta en su tierra», le repetían su familia y amigos.
Se fue.
Ciudades grandes, idiomas nuevos, trabajos que sonaban mejor al contarlos que al vivirlos. Todo encajaba en la teoría. Él no.
Regresó un otoño, casi sin avisar. El valle del Asón seguía igual: verde, húmedo, con esa niebla que lo cubre todo sin pedir permiso. El río descendía como siempre, indiferente a cualquier decisión. Pensó que sería algo temporal.
Pero se quedó.
Al principio todo seguía sin grandes cambios. Nadie celebra que te quedes, todos te preguntan por qué no te fuiste más lejos, las miradas pesan más que las palabras. El tiempo siguió, lento, sin épica.
Jorge empezó a resurgir con lo que tenía, sin compararse, sin tener que justificarlo.
Un día al amanecer, subió hasta la ladera. La niebla aún cubría el valle, espesa, casi cerrándolo todo.
Esperó.
Cuando el sol empezó a romperla, el paisaje apareció poco a poco, como si el mundo estuviera decidiendo si quería quedarse o no.
Entonces, lo entendió. No era un lugar del que debía escapar, era un lugar que, al fin, se quedaba en él.

Los dos relatos finalistas han sido:

Ovejas (María Gómez González, Hazas de Cesto)

En mi pueblo dicen que saben leer el viento y que, si la nube viene desde el monte Yusa, es que va a llover. Pero aquí el viento tiene nombre y siempre empuja al mismo. Porque no hace falta gritar, basta con apartar, poner un mote, esconder tu mochila, no incluirte en el grupo de WhatsApp. Lo llaman cosas de críos y que en todos los colegios pasa, que no debo ser débil, que aguante. Pero yo ya sé en qué parte del patio debo pastar. Donde pase desapercibido.

El equipo directivo prefiere pensar que el rebaño se cuida solo. Que mientras no haya sangre, no hay problema. Pero mi padre me ha enseñado que si una oveja se queda atrás no es porque quiera. Es porque nadie la está mirando.

Hoy en clase hablaron de Europa. De derechos, de protección, de no dejar a nadie atrás. En las paredes veo carteles hablando de respeto y las profes repiten que hay que convivir.

La directora pasa y cuenta las cabezas. Están todas. El rebaño está bien cuidado, no hay de qué preocuparse.

Oigo hablar de protección y copio la frase «nadie se queda atrás». Después la he tachado. No por rabia, sino porque aquí, cuando una oveja se pierde, no es que nadie la empuje, es porque el pastor ha decidido que no importa y si hay problemas con la pérdida, que no se note. Prefiere estar tumbado a la sombra y que las ovejas no le molesten.

El rapto de Europa (María Viota, Castro Urdiales)

Nadie supo cómo ocurrió. Septiembre en Ampuero, el encierro rugía entre pezuñas y callejas. El toro número 5, negro y altivo, movido por un impulso tan viejo como el Asón, saltó al río y en Santoña llegó a la mar.
«Ha ido a buscar a Europa», dijo una niña señalando las olas. «Viajó. Como antaño, cuando otro toro cruzó mares por amor».
En Bruselas, lo vieron galopar entre bicicletas. Sobre su lomo, una joven de piel blanquísima y capa de lábaro sostenía una pancarta: «Sin pueblos no hay Europa. Sin tierra no hay futuro».
En el Parlamento, les habló de los ganaderos de Guriezo, los cantiles de Liendo, la elegancia de Limpias, del paisaje domesticado por molinos que no iluminan a quienes los sufren.
«Sin pastos no hay paisaje. Sin manos no hay leche. ¿Quién recoge la siega en vuestros tratados? Es hora de mirar otra vez hacia donde aún florece la dignidad callada del mundo rural y donde aún arde la llama discreta de un mundo que se niega a ser leyenda».
Bruselas recordó que Europa no se entiende sin sus pueblos, donde el sector primario resiste entre abandono y silencio. Que no hay transición justa si olvida a quienes cuidan la tierra, ni futuro común si se vacían los valles que lo alimentan, y que dignificar el campo no es nostalgia, sino una deuda pendiente del rapto cometido por Europa a quienes sostienen el mundo sin que el mundo lo sepa.

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